Christopher Nolan tienta a los dioses con «The Odyssey»

Christopher Nolan tienta a los dioses con «The Odyssey»

Háblame, Musa, de aquel hombre de muchos talentos, que tras conquistar el Oscar, se aventuró a provocar a los dioses con una adaptación de la antigua epopeya sobre el ladino Odiseo y su larga travesía de regreso a Ítaca, después de saquear la sacra ciudad de Troya.

Dime, diosa, por qué alguien osaría incurrir en la furia del Olimpo, e ignorar a los descendientes de Cronos y Rea, para circunscribir tan mítica épica a un plano mayormente terrenal.

Cuéntame de ese simple mortal, de nombre Christopher, hijo de Nolan, cuya propia odisea llega esta semana a los anfiteatros modernos, esos mágicos templos de luces y sombras, y estruendosos sonidos, para perpetuar el arte de contar historias.

Mis disculpas retroactivas y milenarias al distinguido Homero -quien sea que haya, o hayan, sido- por tan pobre imitación de las primeras estrofas de su magnum opus. Sin embargo, no es poca cosa que casi 3,000 años después de escrita, su obra continúe inspirando tributos tan minúsculos e insignificantes como este, o tan colosales como multimillonarias producciones cinematográficas, especialmente una hecha por quizás el único artista actual al que le concederían semejante presupuesto para realizar una adaptación de uno de los libros que te obligan a leer en Humanidades 101.

Para bien y para mal (pero más del primero que del segundo), The Odyssey es exactamente la versión de la clásica épica griega que uno esperaría ver de Christopher Nolan, un director que jamás ha exhibido una fascinación por los mitos ni leyendas. Así como examinó la historia de un héroe contemporáneo en su trilogía de “Batman” desde una perspectiva más anclada en la realidad que en la ficción, el cineasta le extirpa lo divino a La odisea, o más bien, lo filtra a través del punto de vista de los seres que son receptores tanto de las bondades como del desdén de los caprichosos inmortales.

Considerando su continua fijación con las narrativas no lineales, a nadie debería sorprenderle que Nolan haya gravitado hacia una de las más famosas que existe. Como adaptación, la película pudiera verse como una provocación, no solo a los dioses, sino a esos entes aun más propensos a ofenderse fácilmente: los puristas literarios. Por el contrario, si se aprecia como un ejercicio de interpretación del mensaje de la clásica pieza, las virtudes del filme salen a relucir, y la propuesta de Nolan resulta mucho más interesante que lo que quizá pudo haber sido una adaptación más fiel y directa.

El esqueleto del argumento está casi intacto, siguiendo a “Odiseo” -interpretado competentemente por Matt Damon- desde la caída de Troya hasta su regreso a casa, haciendo la mayoría de sus episódicas y conocidas paradas a lo largo de su extensa… ejem, odisea, de vuelta a casa, específicamente a los brazos de su amada “Penélope” (Anne Hathaway). Es el hermoso lirismo del poema original lo que irremediablemente se pierde en la traducción de un medio al otro, así como las maquinaciones y artimañas celestiales que explican el por qué detrás de todo.

Nolan se enfoca en presentar el qué, y dejar la mayoría de lo fabuloso a la imaginación, o incluso en el ámbito de lo ambiguo, prefiriendo una lectura más agnóstica de La odisea en la que la presencia de los dioses se siente, mas no necesariamente se ve. Los encuentros con el cíclope y los gigantescos lestrigones reciben la mayor atención. El descenso al inframundo, así como los horrores metamórficos perpetrados por la diosa hechicera “Circe” (Samantha Morton, en una impresionante actuación), sobresalen como dos de las secuencias más inolvidables e inusuales para el director, considerando que nunca se le había visto experimentar con el surrealismo, ni siquiera en los sueños de Inception.

Es solo cuando la aventura requiere de elementos más fantasiosos y menos humanoides que las limitaciones que se auto-impone el reconocido cineasta coartan el potencial de su largometraje. La recreación del dúo de monstruos marinos compuesto por Caribdis y Escila, por ejemplo, deja mucho que desear. Nolan siempre ha evitado recurrir a imágenes digitales, y este es uno de esos casos donde debió haber hecho una excepción. O, mejor aún, haber usado viejas técnicas de los efectos especiales -tales como la asombrosa animación stop-motion de maestros como Ray Harryhausen y Phil Tippet- para dar vida a estas bestias sin necesidad de traicionar su credo. Mejores resultados obtiene del encuentro con las sirenas, donde un simple truco en la mezcla de sonido produce uno de los efectos más memorables del filme.

Su vehemente respeto por las maneras tradicionales de hacer cine -principal entre ellas, continuar filmando en celuloide- contrasta con su decisión de utilizar un lenguaje moderno para contar un cuento tan antiguo. Esta parecería ir de la mano de su interés en conectar la trágica historia de la humanidad, desde los tiempos del poema homérico, hasta el presente, subrayando lo poco que hemos avanzado como especie a través de los milenios, y lo condenados que estamos a seguir recibiendo los merecidos castigos de donde sea que vengan. Esto convierte a The Odyssey en la perfecta acompañante de su cinta anterior, Oppenheimer, en la que también fuimos testigos de las terribles consecuencias de desafiar a los dioses.

El elenco en general hace un muy buen trabajo, pero naturalmente, la película le pertenece a Damon. Su “Odiseo” carece de las asperezas del texto original, que serían difíciles de transplantar a un blockbuster con ambiciones comerciales sin repeler al público. Su arrogancia y promiscuidad son sustituidas por valentía, introspección y devoción matrimonial, pero su catarsis emocional se manifiesta con el poder y la complejidad necesaria, no solo para concluir el largometraje con gran peso dramático, sino para incluso mejorar el desenlace de La odisea, cuyas páginas finales despiden al lector con el anticlímax de un -apropiadamente griego- deus ex machina.

Nolan, sin embargo, no revela la totalidad de sus intenciones sino hasta el último acto, por lo que una segunda mirada será meritoria para constatar la efectividad de su plan maestro, y asimilar el filme por lo que aspira a ser y no por lo que uno quisiera que hubiese sido. Lo que sí queda rotundamente claro a primera vista es el dominio técnico del director sobre la puesta en escena: la fluida edición intercalada a cargo de Jennifer Lame, que mejor captura la belleza lírica del poema; la banda sonora de Ludwig Göransson, quien convierte la vibración de una cuerda en un estupendo leimotif capaz de erizar la piel en un momento culminante; mientras que la extraordinaria cinematografía de Hoyte van Hoytema utiliza la amplia escala del formato IMAX para hacernos sentir como hormigas ante la magnitud de la creación, como si estuviésemos observándonos desde el monte Olimpo.

Releyendo anoche las primeras páginas de la admirable traducción de Emily Wilson -que Nolan ha señalado como la edición que usó de base para su guión- me llamó la atención el siguiente pasaje:

Now goddess, child of Zeus, tell the old story for our modern times.

Evidentemente, la musa que vistió al director lo inspiró a seguir esas instrucciones al pie de la letra. Supongo que los dioses podrían perdonarle sus ofensas, aunque como bien recalca la película, la historia de la humanidad está repleta de desgraciados ejemplos de lo que ocurre cuando los mortales pretenden interpretar los mensajes divinos.

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