Hace mucho tiempo, quizá demasiado tiempo, que la industria del smartphone vive en un constante spoiler. Salvo contadas excepciones, se ha perdido aquel factor sorpresa que había cuando una gran marca convocaba una presentación. Ahora, entre filtraciones de gente de la propia empresa, de la cadena de suministro o de los distribuidores, se pueden saber bastantes detalles de un móvil con meses o incluso años de antelación.
Es lo que ha pasado con el iPhone que, salvo sorpresa mayúscula, verá la luz en septiembre. Uno especialmente esperado, porque se trata del debut de Apple en una nueva categoría de producto, algo que no pasa todos los días. Se trata del primer plegable de la compañía, que servirá también para presentar al nuevo CEO de la compañía, John Ternus.
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POR M. McLoughlin. Cupertino (Estados Unidos)
Y para hacerse una idea de lo que puede traer la manzana, salvando las distancias, conviene echar un vistazo a lo último que Samsung ha puesto sobre la mesa. No hay que olvidar que el surcoreano fue el primero de los grandes fabricantes que apostó por eso de los teléfonos con pantallas plegables, hace ya siete años.
Primero lo hizo con los Fold, esos que tienen forma de libro. Posteriormente, llegaron los de tipo concha. En su evento celebrado esta semana en Londres, cuando casi nadie lo esperaba, ha sorprendido con un tercer modelo de móvil plegable. Y aquí viene lo curioso. Los asiáticos vuelven a ejercer de aperitivo de la manzana, porque este nuevo Galaxy Z sigue el factor de forma que todas las filtraciones y rumores apuntan que tendrá el nuevo iPhone. No es la primera vez que ocurre algo así.
Ya sucedió meses antes de que el iPhone Air viese la luz cuando Samsung aceleró y se sacó de la manga el Galaxy S25 Edge, su teléfono ultrafino. Aunque había diferencias entre ambos, lo cierto es que este modelo sirvió para entender las virtudes y las limitaciones de esta nueva apuesta. Coincidencia o no, ahora vuelve a pasar algo parecido. En el Unpacked celebrado en Londres este miércoles, los surcoreanos han puesto el nuevo Z Flip 8 en circulación. Es el único que conserva el nombre, como tal. El teléfono tipo libro que lleva trabajando tantos años pasa a llamarse Galaxy Z Fold Ultra 8 y deja su nombre al nuevo integrante del catálogo.
Así es el nuevo Z Fold 8 a secas
El nuevo integrante se llama Galaxy Z Fold 8 a secas, y su principal argumento es que por fin alguien en Seúl ha decidido que un teléfono no tiene por qué parecer un mando a distancia. No son los primeros que apostaban por algo así. Huawei tiene en China algunos modelos con esta forma, pero ya se sabe que, desde el veto de Estados Unidos, esta compañía es algo así como Australia en Eurovisión.
Los surcoreanos han achatado el chasis para recortar altura y ganar anchura de forma drástica. El invento deja en la parte exterior un panel Dynamic AMOLED 2X de 5,5 pulgadas con resolución WUXGA+, tasa de refresco adaptativa de 120 hercios y una proporción de 10:16 que por fin permite teclear un mensaje rápido en el autobús con una sola mano sin necesidad de hacer malabares con los pulgares. Es realmente más cómodo y fácil de sostener y manejar.
Al abrirlo, la pantalla principal de 7,6 pulgadas QXGA+ abandona esa forma alargada y estrecha de las generaciones anteriores y adopta un formato 4:3. La sensación en mano al desplegarlo recuerda bastante más a la de sostener un lector de libros electrónicos o una libreta pequeña que al panel estirado al que nos tenían acostumbrados.
Con 201 gramos y un grosor de 9,7 milímetros cuando está cerrado, el teléfono se siente efectivamente menos trasto en el bolsillo sin renunciar a los 12 o 16 gigabytes de memoria RAM encargados de sostener la multitarea, al procesador Snapdragon 8 Elite Gen 5 ni a una batería de 4.800 miliamperios.
Más allá del nuevo ratio de pantalla, el Fold estándar simplifica su apartado fotográfico con una doble cámara de 50 megapíxeles, sacrificando el teleobjetivo a cambio de un perfil récord de solo 4,5 milímetros cuando se despliega.
Para no defraudar a los devotos del formato gigante, la marca se ha visto obligada a inventarse una categoría superior llamada Galaxy Z Fold Ultra 8. Ese es el modelo que mantiene la pantalla de 8 pulgadas, eleva la memoria de serie para mover con soltura cualquier flujo de trabajo pesado, engorda la batería hasta los 5.000 miliamperios con carga rápida de 45 vatios y encaja un sensor principal de 200 megapíxeles junto a un teleobjetivo óptico en un cuerpo de apenas 4,1 milímetros al abrirse.
Pero más allá del baile de cifras, los picos de brillo de 3.000 nits y toda esta ensalada, el movimiento del Fold 8 estándar es un síntoma clarísimo de hacia dónde sopla el viento en la industria con un producto que, aunque crezca su adopción, sigue siendo de nicho. Al acortar el cuerpo y alterar las proporciones de la pantalla, la compañía intenta solucionar un problema de usabilidad que arrastran los plegables tipo libro desde su nacimiento a ojos de muchos.
Por su parte, el Galaxy Z Flip8 sigue ocupando la parcela del plegable tipo concha, pensado más para abultar poco en el bolsillo que para trabajar en serio. Con un grosor de 6,1 milímetros abierto, 180 gramos de peso y una pantalla exterior que sube a las 4,1 pulgadas para intentar apañar consultas rápidas sin desdoblar el teléfono, el equipo se encomienda esta vez al procesador Exynos 2600 flanqueado por 12 gigabytes de memoria RAM. Es un lavado de cara funcional para cumplir con el expediente del año, pero deja claro que la verdadera pelea técnica y el debate sobre el diseño se están librando un escalón más arriba, en la categoría de los teléfonos tipo libro.
Lo que más llama la atención
La nueva generación de plegables también destaca por estrenar una nueva estructura interna hecha a base de titanio. Son muchas las veces, en estos siete años, que nos han vendido eso de que se había reformulado la bisagra y han sido unas cuantas las ocasiones en las que era imposible percibir a simple vista los beneficios. Eso no ocurre esta vez, porque Flex Titanium, como se ha bautizado el nuevo mecanismo, ayuda a disimular mucho la arruga del pliegue. Además, aseguran que ayuda a reforzar la durabilidad del chasis.
Los surcoreanos han vuelto a recurrir al comodín de la inteligencia artificial como argumento de venta y gancho comercial. La integración de Gemini Intelligence en la pantalla dividida y herramientas como Now Brief o Now Nudge prometen resolvernos la vida en menos pasos y automatizar tareas cotidianas entre aplicaciones, justificando de paso ese chorro de memoria RAM.
Lo que está haciendo Samsung es tomar posiciones de manera coordinada antes de que hablen en Cupertino. En las oficinas de Seúl saben perfectamente lo que hay al otro lado del charco y conocen al milímetro los planos que circulan por las cadenas de montaje asiáticas. Si las filtraciones no fallan, cuando el nuevo equipo directivo de la manzana se suba al escenario en unos meses, el primer teléfono flexible de Apple va a tener una silueta muy parecida a la de este diseño.
Resulta llamativo ver cómo la marca que inauguró esta categoría se ve obligada a hacer un movimiento casi defensivo. Samsung inventó la categoría, tropezó con los primeros prototipos, refinó la bisagra durante siete generaciones y ahora remodela su gama para prepararse para el aterrizaje de la manzana, ese atrapalotodo de la atención, en la categoría. No es la primera vez, ni será la última, que los californianos dejan a la industria y a la competencia experimentar con nuevas ideas y, cuando detectan que realmente existe interés, cogen el concepto, lo versionan, lo hacen a su manera y consiguen tanta atención y tantos aplausos que parece que ellos llevan haciéndolo toda la vida.
Hay muchas incógnitas que despejar. La primera, el precio que pondrá Apple a su nuevo invento en un contexto en el que la electrónica de consumo no deja de subir precios por la inteligencia artificial, que está acaparando la capacidad de crear chips de memoria para abastecer y construir los centros de datos. La segunda, a más largo plazo, es ver si la llegada de un iPhone plegable consigue convertir estos teléfonos en un producto de masas.
Sin embargo, la realidad es que la gran mayoría de los usuarios terminará apostando por la marca de siempre. Porque a día de hoy ha quedado algo claro. Aunque Samsung y Apple lleven compitiendo por marcar el ritmo del sector desde hace más de una década, lo cierto es que los trasvases de usuarios entre una y otra compañía siguen siendo casi simbólicos. Cabe decir también que los surcoreanos ganan, y mucho, con la llegada de la multinacional estadounidense a esta competición. Según varios medios, su división de pantallas es la escogida para suministrar los paneles plegables del nuevo iPhone Ultra.
Pase lo que pase cuando Apple presente su primer teléfono flexible, Samsung ya habrá encontrado la manera de salir ganando. Si el nuevo iPhone triunfa, buena parte de ese éxito también llevará sello coreano. Y si fracasa, seguirá siendo la compañía que más tiempo y dinero ha dedicado a intentar convencer al mundo de que doblar un teléfono tenía sentido. Ese es, probablemente, el mejor seguro que podía firmar antes de que los focos apunten hacia Cupertino.
En la barrera de entrada a la nueva familia, el Samsung Galaxy Z Flip 8 se sitúa como la opción más accesible dentro del catálogo de pantalla flexible. Llegará al mercado en dos variantes: la versión de 12 GB de RAM y 256 GB de almacenamiento parte de los 1.299 euros, mientras que la opción con 512 GB sube hasta los 1.499 euros.
Nuevos relojes: Watch9 y Watch Ultra 2
En la muñeca, la renovación del catálogo pasa por el Galaxy Watch9 y el Galaxy Watch Ultra2, dos dispositivos empeñados en convencernos de que llevar un centro médico pegado a la piel las 24 horas del día es una idea fantástica. El modelo estándar adelgaza su chasis de aluminio hasta los 8,6 milímetros de grosor y eleva el brillo del panel Super AMOLED a unos absurdos 3.000 nits para que no tengamos excusa al mirar la hora bajo el sol abrasador de agosto, disponible en cajas de 40 y 44 milímetros con baterías de 390 y 445 miliamperios respectivamente. Por su parte, la variante Ultra2 estira su caja de titanio hasta los 47 milímetros y promete aguantar inmersiones de hasta 10 atmósferas con certificación de buceo EN 13319, montando una pantalla que roza los 5.000 nits de brillo máximo por si a alguien le da por consultar sus notificaciones mientras explora una fosa marina.
Ambos relojes estrenan el procesador Snapdragon Wear Elite fabricado en tres nanómetros, combinan dos gigabytes de memoria RAM y multiplican la ración habitual de algoritmos e inteligencia artificial aplicados al sensor BioActive. Ahora el reloj no solo mide las pulsaciones, sino que analiza la apnea del sueño con el visto bueno de la FDA, calcula la puntuación de salud cardiovascular y fiscaliza la carga de entrenamiento diaria para recordarnos lo mal que nos cuidamos. La diferencia real de planteamiento vuelve a ser la autonomía y el almacenamiento. Mientras el Watch9 se conforma con 32 gigabytes de espacio interno, el Ultra2 sube la batería un 35% hasta los 800 miliamperios e incluye 64 gigabytes de memoria, ideal para quien necesite guardar mapas sin conexión en la muñeca y fingir que va a perderse por la montaña este fin de semana.
El salto al formato libro con el Galaxy Z Fold 8 eleva el listón económico hasta la frontera de los dos mil euros. El escalón de partida con 12 GB de RAM y 256 GB arranca en los 1.999 euros. Para quien necesite más espacio, la versión de 12 GB y 512 GB se fija en los 2.199 euros, mientras que el techo de este modelo lo marca la configuración con 16 GB de RAM y 1 TB de capacidad, que alcanza los 2.599 euros.
La gran novedad de la jornada, el Galaxy Z Fold 8 Ultra, corona la gama con las tarifas más altas vistas hasta la fecha en la marca. El modelo base con 12 GB de RAM y 256 GB iguala los 2.199 euros de la versión intermedia del Fold estándar. Por encima, la variante de 12 GB y 512 GB se sitúa en los 2.399 euros, mientras que la versión tope de gama, equipada con 16 GB de RAM y 1 TB, escala hasta un techo histórico de 2.799 euros.
Un desglose de precios que confirma que la telefonía plegable sigue firmemente anclada en la categoría de bien de lujo. Lejos de democratizarse, las cifras reflejan la dureza con la que la crisis global en la cadena de suministro de memorias RAM y almacenamiento está golpeando a la industria, encareciendo unos componentes clave y trasladando el sobrecoste al escaparate en un escenario inflacionista que pronto salpicará a otros sectores tecnológicos.
