Antes de Google hubo otros. Otros que nadie recuerda, como Archie o WebCrawler, nacidos a principios de los 90, y algunos que aún nos suenan … como AltaVista o, por supuesto, Yahoo. Google no nació hasta el 4 de septiembre de 1998 y para el año 2002 ya era, prácticamente, el buscador hegemónico. Tanto es así que funcionaba casi como sinónimo de Internet. Ocurrió parecido con las redes sociales. Facebook abrió la puerta a una nueva forma de comunicación y negocio y, dos décadas más tarde, es una plataforma menor, pese a sus millones de seguidores. Y como la historia siempre se repite, y la selección natural también opera en la industria tecnológica, la duda ahora es quién ganará la guerra de la IA y será el Google de los ‘chatbots’ y quién, por contra, se convertirá en el Archie de esta historia. O si, en cambio, los diferentes modelos y empresas convivirán a largo plazo.
«Ahora mismo no existe una única empresa o sistema de IA que vaya a liderar todos los sectores, pero si hablamos de modelos fundacionales de propósito general, OpenAI, Anthropic y Google son las organizaciones mejor posicionadas», explica Xabi Uribe, CEO de Sherpa AI y uno de los emprendedores españoles mejor posicionados del sector. Pero esto solo se aplica a Occidente. Asia es otro tema. «En China están emergiendo actores como DeepSeek, Alibaba o Baidu, que están construyendo sus propios ecosistemas tecnológicos y avanzando a gran velocidad. Más que hablar de una única empresa dominante, creo que veremos varios líderes globales compitiendo y especializándose en distintos mercados, aplicaciones y sectores. Es posible, eso sí, que veamos una cierta dominancia geográfica, como ocurrió con los buscadores: Google en gran parte de Occidente, Baidu en China o Yandex en Rusia».
El ‘trader’ y analista económico Pablo Gil coincide en que, al menos de momento, habrá un periodo de convivencia. «Nos hemos pasado años diciendo que OpenAI tenía una ventaja insalvable. Pero luego, llega Gemini y después Claude y más tarde DeepSeek y, al final, te das cuenta de que los caballos ganadores van saltando, las diferencias se van cerrando y es difícil saber cuál de ellas va a ser el Google de la inteligencia artificial. Es fácil que convivamos con una decena de IA que luchen por esa hegemonía como ocurrió con las redes sociales». Para Ramón López de Mantaras Badia, director del Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial del CSIC, paradójicamente la tecnología no será la principal vara de medir. «Las diferencias entre los distintos modelos de lenguaje son tan pequeñas que, si alguien se lleva el gato al agua, no será por tener un modelo muy superior, sino por cuestiones económicas y políticas».
El punto de no retorno
Pero también podrían pasar otras cosas. Más propias de la ciencia ficción, pero que no son, en absoluto, descartables. A ese otro escenario posible, Uribe le pone un nombre: el punto de no retorno. «Se trataría del momento en el que una inteligencia artificial fuera capaz de mejorar sus propias capacidades de forma autónoma y continuada. En ese punto podría alcanzarse la llamada ‘velocidad de escape de la inteligencia’: un proceso en el que cada nueva versión de la IA sería capaz de diseñar una versión aún mejor de sí misma, desencadenando un ciclo de automejora cada vez más rápido. Si algo así llegara a ocurrir, cualquier competidor tendría enormes dificultades para alcanzarla. Sería como una carrera en la que el líder no solo corre más rápido que los demás, sino que además acelera constantemente mientras avanza». Pablo Gil comparte la idea, pero la expresa en términos más terrenales: todo dependerá del momento en el que, sencillamente, dejemos de ser útiles. «Ahora nos necesitan por nuestros datos, para volcar la información, para que las entrenemos… Pero llegará un momento en el que la IA diga: ‘¿Para qué te necesito? Eres superfluo’. El primero que se acerque a ese paradigma, dominará. Llegaremos ahí, aunque no tengamos ni pajolera idea de lo que implicará».
Esto, claro, nos abocaría a una realidad muy diferente. También, o sobre todo, en lo político. «Hablamos de corporaciones privadas que superan a muchos PIB de Occidente, lo que da la medida de su poder. Si antes se medía en ejércitos, territorios o recursos naturales, ahora se mide en la capacidad de computación, en el acceso a los datos y en el desarrollo de la propia IA. Estamos yendo hacia un feudalismo tecnológico en el que estas corporaciones van a ensombrecer el poder de los estados. Y se está produciendo de una manera inexorable, como una apisonadora. Quien tenga los datos tiene una ventaja diferencial para controlar a muchísimas generaciones futuras», opina Gil, que no confía en que los mecanismos sancionadores, como multas económicas más o menos costosas, tengan ningún poder disuasorio real sobre las grandes tecnológicas. A juzgar por sus multimillonarias valoraciones son, efectivamente, poco más que cosquillas.
El 99,5% de los simulacros de guerra testados en un estudio tanto Claude como Gemini como ChatGPT optaban por escalar los conflictos utilizando la amenaza nuclear
La salida a bolsa de OpenAI y Anthropic (cuya valoración se ha estimado en 965.000 millones de dólares) es, junto con la de SpaceX, el acontecimiento financiero del año. En junio, Anthropic anunciaba que la suya ocurrirá en otoño, adelantándose a los planes de la compañía que lidera Sam Altman, cuyo estreno podría demorarse más e, incluso, ocurrir en 2027. «Será un buen test para ver si, aparte de los grandes inversores de capital de riesgo, el público apuesta o no por la IA generativa. No tengo claro que sea una buena idea. La opinión pública, sobre todo en Estados Unidos, es muy crítica debido a la necesidad de construir grandes centros de datos que consumen cantidades ingentes de energía y agua. Incluso la ONU ha pedido una moratoria para su construcción», explica López de Mantaras.
Terremoto bursátil
Su salida a bolsa, además, está poniendo a prueba los mercados. Hablamos de compañías con valoraciones multimillonarias, pero que, a día de hoy, no generan beneficios. Al revés, pierden dinero a espuertas. «El consejo del SP 500 (el índice de las 500 empresas de mayor capitalización de Estados Unidos) ha decidido que no va a cambiar las normas y que, para entrar en el índice, tienes que tener un año de beneficios. No de ingresos, de beneficios. Y OpenAI pierde pasta, Anthropic pierde pasta… Por mucho que salgan a bolsa, quizá haya que esperar un año antes de verlas cotizar en el SP500, lo cual es la bomba para compañías valoradas en más de un billón de dólares. Y, sin embargo, el NASDAQ 100, que es el índice tecnológico, ha cambiado sus reglas para poder incluirlas lo antes posible», explica Pablo Gil que vaticina que, tras su salida, podrían tardar en recuperar su nivel de cotización inicial. «Más que quién salga primero, lo importante será que lo hagan en 2027. Si no, será un disparate».
A juicio de Ramón López de Mantaras, OpenAI es quién más complicado lo tiene. «Siguen ‘quemando’ miles de millones de dólares cada mes. Tienen muchos más gastos que ingresos. A menos que con la salida a bolsa reciba la confianza del público y capte grandes cantidades de dinero o reciba un rescate (‘bailout’) del gobierno, es difícil mantener esta situación. A Anthropic le pasa algo parecido, pero su apuesta por los usos para programación puede que haga su salida a bolsa más exitosa», cuenta el profesor, que no cree que vayamos a un solo modelo de IA.
Reputación y geopolítica
Y sin embargo, el factor financiero no es, para Xabier Uribe, el más determinante de todos. «El liderazgo dependerá de una combinación de cosas. Para empezar, el factor tecnológico: quien es capaz de desarrollar los modelos más avanzados, fiables y útiles. También será fundamental el acceso a infraestructura computacional, la disponibilidad de capital, la velocidad de innovación, las alianzas estratégicas y la capacidad de generar un ecosistema de desarrolladores, empresas y usuarios. La salida a bolsa puede ayudar, pero también puede introducir la presión de mostrar resultados a corto plazo».
Pero, además de la carrera tecnológica y la financiera, también se está librando una batalla reputacional. En esto Google tiene ventaja: sus pecados y virtudes son de dominio público, mientras OpenAI y Anthropic aún están moldeando su imagen. La primera ha vivido encarnizadas batallas internas por el liderazgo, pero también por el fondo ético de sus productos, y tiene en su cabeza más visible, Sam Altman, a un líder controvertido, poliédrico y, a ratos, inquietante. Anthropic, con los hermanos Amodei (ex OpenAI) a la cabeza, se ha esforzado por hacer de la moderación y la conciencia tecnológica su bandera. Por eso, su CEO acompañó al papa León XIV en la presentación de su famosa encíclica sobre la IA y dieron la voz de alarma cuando Mythos, la nueva versión de Claude, demostró ser capaz de descoyuntar los sistemas de ciberseguridad.
A pesar de sus valoraciones multimillonarias, OpenAI y Anthropic no generan beneficios y pierden dinero
«Creo que cuando Anthropic da ese aviso es una forma de no cargarse la confianza que el sistema tiene en ellos. Si de verdad eres capaz de poner en jaque todo el sistema financiero, entonces te estás pegando un tiro en el pie porque tu modelo de negocio también peligra», opina Pablo Gil. Algo que también pasó recientemente con OpenAI, cuando alertaron de que su IA había atacado de forma autómona a otra plataforma de inteligencia artificial.
Por no hablar, claro, de las implicaciones geopolíticas. Mientras OpenAI se ha convertido en un colaborador estratégico del Departamento de Defensa de Estados Unidos, ha firmado contratos multimillonarios con el gobierno y tiene, incluso, una división especializada (OpenAI for Government) para uso, entre otros, del personal militar, Anthropic tomó la posición opuesta cuando se negó a firmar un contrato con el Pentágono que exigía relajar los límites éticos de su IA. Con el consiguiente enfado, por supuesto, de la Casa Blanca. Google, que ha cerrado acuerdos para que Gemini asista en operaciones militares clasificadas y en la planificación de misiones, ocupa una posición intermedia: colabora (y hace caja), pero mantiene un perfil más bajo.
Y sin embargo, más allá de las diferencias, que efectivamente son muchas, las tres IA protagonizaron un polémico estudio del King’s College de Londres de conclusiones fatídicas. En el 95% de los simulacros de guerra, tanto Claude como Gemini o ChatGPT optaban por escalar los conflictos con la amenaza nuclear. Por eso, quizá la pregunta no sea quién será la IA hegemónica, o el Google de los ‘chatbots’, sino cuál de todas nos permitirá salvar, literalmente, el pellejo. O cuál nos sentenciará.
Gemini vs. ChatGPT vs. Claude: puntos fuertes de cada inteligencia artificial
Las tres compañías que dominan el sector, Google, OpenAI y Anthropic, han conseguido que sus modelos de IA generativa congreguen a miles de millones de usuarios en menos de tres años. Cada uno con sus virtudes. Las analiza Xabier Uribe, CEO de Sherpa AI, una empresa con sede en Bizkaia y Silicon Valley.
«Gemini destaca por su integración con el ecosistema de Google. Tiene acceso a una enorme infraestructura y a productos utilizados por miles de millones de personas», opina Uribe sobre la IA de Google. ChatGPT, que fue el chatbot que demostró por primera vez la capacidad disruptiva de la IA, destaca, en cambio, por su «extraordinaria destreza para convertir avances científicos en productos masivos. Además, ha logrado crear un ecosistema de desarrolladores, empresas y usuarios que le proporciona una ventaja muy relevante». Y luego, llegó Anthropic para avivar la competencia con Claude. «Se ha posicionado como un referente en razonamiento avanzado y seguridad. Sus modelos destacan en tareas complejas de análisis, programación y planificación», explica Uribe sobre el chatbot. «Es un ejemplo de hacia dónde podría evolucionar el sector».
Mientras Gemini lidera en integración con las aplicaciones de Google y ChatGPT en reconocimiento de marca, Anthropic lleva la delantera en el sector corporativo y en ‘apps’ para desarrolladores como Claude Code.
