La muerte de Dolly Parton, el pasado 25 de agosto en Nashville a los 80 años, ha servido para recordar las muchas vidas que cabían dentro de uno de los grandes iconos de la cultura popular estadounidense. Para el público español ha trascendido como aquella caricatura de pelucas imposibles, autora de ‘Jolene’ o del archiconocido ‘I will always love you’ que popularizó Whitney Houston. Pero en Estados Unidos era mucho más: compositora, actriz, empresaria, creadora de un parque de atracciones que lleva su nombre y una celebridad capaz de atravesar y unir generaciones e ideologías. Tras su muerte, además, está emergiendo con especial fuerza otra parte de su biografía: la de una de las grandes filántropas de la industria del entretenimiento.
Su manera de dar dinero tuvo mucho que ver con el lugar del que procedía. Parton nació en 1946 en una familia humilde de las montañas de Tennessee, una de doce hermanos, y nunca perdió de vista las limitaciones económicas y educativas que había conocido de niña. En 1988 creó la Dollywood Foundation, inicialmente centrada en combatir el abandono escolar en su condado natal de Sevier. Una de sus iniciativas llegó a ofrecer incentivos económicos a los estudiantes para que terminaran sus estudios y contribuyó a que la tasa de abandono escolar descendiera del 35% al 6%. La fundación continúa concediendo, además, becas de 15.000 dólares a jóvenes de la zona.
El padre de Dolly Parton era un hombre al que ella consideraba inteligente y trabajador, pero nunca aprendió a leer ni a escribir. Pensando en él fundó en 1995 la Imagination Library, que envía gratuitamente a casa un libro cada mes a los niños desde su nacimiento hasta los cinco años. Lo que empezó limitado a Sevier County terminó extendiéndose por Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Australia e Irlanda. Solo al cierre de 2025 el programa había entregado más de 304 millones de libros y actualmente envía más de tres millones cada mes. Parton contó que su padre consideraba aquella biblioteca el proyecto más importante de toda su carrera.
También tenía una manera sorprendentemente directa de reaccionar ante las catástrofes. Cuando los incendios arrasaron parte de las Great Smoky Mountains en 2016 y centenares de familias perdieron sus casas, impulsó el ‘My People Fund’. En lugar de limitarse a organizar una gala benéfica, el fondo comenzó a entregar 1.000 dólares mensuales durante seis meses a unas 900 familias afectadas, sin distinguir por nivel de ingresos. La enorme respuesta de los donantes permitió aumentar la ayuda final y el programa acabó distribuyendo más de 12 millones de dólares. En 2024, después de que el huracán ‘Helene’ golpeara Tennessee y Carolina del Norte, Parton volvió a aportar personalmente un millón de dólares y sus empresas y su fundación sumaron otro millón.
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Brais Besteiro
Su filantropía llegó incluso a uno de los acontecimientos científicos más importantes de los últimos años. En abril de 2020, durante las primeras semanas de la pandemia, Parton donó un millón de dólares a la Universidad Vanderbilt para financiar investigaciones sobre el coronavirus. Parte de aquel dinero respaldó trabajos iniciales relacionados con la vacuna desarrollada posteriormente por Moderna. Sus donaciones médicas no acabaron ahí: financió investigación pediátrica, apoyó hospitales infantiles y colaboró en la construcción de servicios sanitarios en su Tennessee natal. Era una forma de filantropía que no tenía nada que ver con el postureo y sí mucho con aportar dinero allí donde podía producir un efecto inmediato.
Con los años, la reputación de sus labores benéficas adquirió tal dimensión que otros millonarios terminaron confiándole incluso su propio dinero. En 2022, Jeff Bezos y Lauren Sánchez le concedieron 100 millones de dólares dentro de su premio Courage and Civility para que Parton los destinara a las organizaciones que considerara oportunas. Y apenas unas semanas antes de su muerte, Taylor Swift y Travis Kelce donaron dos millones a la Imagination Library.
Su hermana Stella Parton ha escrito un largo mensaje en sus redes sociales hablando precisamente de esto: «Mi hermana siempre pensaba en los demás, y si queréis honrar su legado, mostrad más bondad, apoyad a los demás y dedicad más tiempo y recursos, tal como ella siguió haciendo hasta el final», escribe. «Era una de las personas más generosas, consideradas y amables que he conocido. Lo que el mundo veía era exactamente quién era ella, tanto es así que, recientemente, me dijo que si no hubiera esperanza para ella, aun así permitiría que su equipo médico probara medicamentos experimentales con la esperanza de ayudar a otros en el futuro».
«Cuando era niña y vivía en las colinas del este de Tennessee, sabía que mis sueños se harían realidad. Sé que en tu comunidad hay niños que tienen sus propios sueños. Sueñan con ser médicos, inventores o ministros. Quién sabe, tal vez haya una niña cuyo sueño sea ser escritora y cantante. Las semillas de estos sueños a menudo se encuentran en los libros, y las semillas que ayudas a plantar en tu comunidad pueden crecer en todo el mundo», dejó escrito Dolly Parton a propósito de su Imagination Library. Quizá por eso, entre todos sus discos, negocios y pelucas, su legado más duradero sean esos cientos de millones de libros que siguen llegando a las casas de niños soñadores.
La muerte de Dolly Parton, el pasado 25 de agosto en Nashville a los 80 años, ha servido para recordar las muchas vidas que cabían dentro de uno de los grandes iconos de la cultura popular estadounidense. Para el público español ha trascendido como aquella caricatura de pelucas imposibles, autora de ‘Jolene’ o del archiconocido ‘I will always love you’ que popularizó Whitney Houston. Pero en Estados Unidos era mucho más: compositora, actriz, empresaria, creadora de un parque de atracciones que lleva su nombre y una celebridad capaz de atravesar y unir generaciones e ideologías. Tras su muerte, además, está emergiendo con especial fuerza otra parte de su biografía: la de una de las grandes filántropas de la industria del entretenimiento.
