Quién podrá defendernos

Quién podrá defendernos

Parece que la llamada “inteligencia artificial” va a acabar con la especie humana, según lo han dicho y vaticinado los humanos mismos que ayudaron a crearla y desarrollarla en las últimas décadas. Como si fuera una película futurista y distópica de los años ochenta del siglo pasado, y lo es, estamos abocados a nuestra destrucción inminente en manos de unas máquinas a las que nos pasamos el día y la vida alimentando y nutriendo, llenándolas de razones.

Es el mito del doctor Frankenstein: el creador devorado por su criatura, la arrogancia del progreso, que también es un mito, expiada con la vida misma de quienes lo han hecho posible. Porque además ya no es un chiste ni una ficción (“llegando al culo ya no son chanzas”, dice un amigo): a la vuelta de quince años, según los expertos, la inteligencia artificial va a soltar amarras y va a actuar con total independencia de la especie humana, sin ningún reato ético.

Ese es sin duda el tema de nuestro tiempo, y se nos viene tal alud de reflexiones y admoniciones sobre los peligros de la inteligencia artificial, que tal vez la perspectiva de la extinción de la humanidad no sea tan grave, más bien un consuelo. Porque serán años y años, no sabemos cuántos, de congresos gremiales y paneles académicos, convenciones de ventas y debates políticos en los que nadie va a hablar sino de eso: “los peligros de la inteligencia artificial”.

La tendencia obvia, ante ese panorama apocalíptico, es reivindicar el humanismo, los viejos saberes de la humanidad que la han hecho ser lo que fue: la poesía, la filosofía, la música, el arte, la ciencia, la ficción. Es difícil porque ya la inteligencia artificial tiene una enorme capacidad de emulación, aunque todo lo que ha producido hasta ahora, en esa materia, es pavoroso, de una calidad bajísima a pesar de su aparente perfección.

Al final queda eso que antes se llamaba el alma y que es lo que acabo de decir: la condición impredecible y sagrada de lo humano

¿Por qué? Por eso mismo: el genio humano (increíble que ya toque hacer la precisión) está hecho de sus aciertos, por supuesto, pero también de sus errores y vacíos, sus fracasos, sus zonas grises y abismales. Hay allí una latencia impredecible y caótica que ninguna máquina, ningún algoritmo, por evolucionado que parezca, puede intuir o replicar, copiar en cada uno de sus enunciados, porque al final se trata de eso: un sistema lógico que puede ser aprendido.

Hasta ahora la inteligencia artificial ha logrado aprender y descifrar muy bien ese sistema lógico, e incluso puede llegar a superarlo de manera exponencial, que es el temor de quienes han salido a advertir, ahora sí muy en serio, que estamos a punto de ser rebasados por las máquinas y, en esa medida, como les hemos entregado nuestra vida entera, nuestra consciencia y nuestros secretos y todo lo que somos, ser dominados por ellas.

Es una caricatura, lo sé, pero es así. ¿Cómo nos vamos a salvar? Al final queda eso que antes se llamaba el alma y que es lo que acabo de decir: la condición impredecible y sagrada de lo humano, el misterio inasible de todo lo que hacemos y que no se puede explicar, no del todo, con una serie de fórmulas binarias que son las que mueven y determinan la evolución de la llamada “inteligencia artificial”.

Lo obvio, en esta encrucijada, sería exaltar el valor de lo clásico y señalar lo irrepetible que hay en cada obra humana que ha triunfado sobre el tiempo, porque eso es lo clásico: desde la Comedia de Dante hasta Cien años de soledad, desde los himnos homéricos, que Homero no escribió, él fue la primera inteligencia artificial de la historia, hasta las canciones de los Beatles. Pero también, y para seguir por ese camino, tenemos que cultivar nuestros errores.

Como pasaba con el heroísmo del Chapulín Colorado. ¿Quién podrá defendernos? La humanidad, por suerte, allí está la salvación.

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JUAN ESTEBAN CONSTAÍN