Reportaje: El dolor de volver a una Guaira destruida por los terremotos

Reportaje: El dolor de volver a una Guaira destruida por los terremotos

Volver al lugar donde naciste y encontrarlo reducido a polvo es una experiencia que distorsiona la memoria. Para cualquier venezolano, La Guaira siempre fue sinónimo de fines de semana, sol, fiestas en Playa Los Cocos y el escape perfecto a solo 45 minutos del valle de Caracas. Hoy, tras el doble terremoto de la semana pasada, esa estampa caribeña ya no existe. De la ciudad costera quedan apenas vestigios transformados por dos sismos que, en menos de un minuto, lo cambiaron todo.

La magnitud del desastre es devastadora: cientos de edificios colapsados, miles de víctimas y proyecciones extraoficiales que ya hablan de hasta 50.000 desaparecidos. La urgencia es tan cruda que Gianluca Rampolla del Tindaro, coordinador residente de la ONU en Venezuela, confirmó que mientras se buscan sobrevivientes, ya gestionan la adquisición de 10.000 bolsas para cadáveres.

El peso de una crisis sobre otra

Esta catástrofe no golpea a cualquier Venezuela. No es la «Venezuela saudita» del boom petrolero de los 70, ni la economía de los 90 que aún resistía. Esta tragedia llueve sobre mojado en un país que intentaba levantarse de una profunda crisis económica y social y que, además, ya cargaba con el trauma histórico del Deslave de Vargas de 1999, aquel desastre natural que también dejó miles de fallecidos y despojó a miles de personas de sus hogares, incluyendo a mi propia abuela.

Caminar hoy por los campos de damnificados es encontrarse con el shock y la resiliencia en una misma mirada. El carácter venezolano, sin embargo, se niega a morir. Es una mezcla de humor e increíble solidaridad:

  • Vecinos que lo perdieron todo pero son capaces de reírse de su propio aspecto tras días sin dormir.

  • Voluntarios que viajan desde el interior del país para remover escombros de estructuras que ni conocen.

  • Grupos en Caracas que se despiertan de madrugada para cocinar cientos de arepas y llevar café a la zona del desastre.

  • El Domo José María Vargas, antes un complejo deportivo, convertido ahora en un gigantesco centro de acopio y refugio improvisado.

Los nuevos sonidos y el olor de la costa

El paisaje sensorial de La Guaira mutó por completo. El rumor de las olas, la salsa y el reguetón que solían retumbar en los restaurantes playeros fueron sustituidos por el rugido de la maquinaria pesada, los gritos de búsqueda y silencios sepulcrales inducidos por los rescatistas para detectar señales de vida bajo el concreto.

El punto más dramático de la emergencia se concentra en Los Silos, la icónica estructura de 36 metros intervenida por el artista cinético Carlos Cruz-Diez, que ante la saturación de los servicios forenses tuvo que ser habilitada como una morgue improvisada. Allí, bajo el inclemente sol caribeño, cientos de familias intentan reconocer los cuerpos de sus seres queridos en un ambiente invadido por el olor a muerte.

Con cientos de réplicas latentes que mantienen a la población en un estado de paranoia constante, la incertidumbre se apodera del futuro. “Nos levantaremos, como lo hicimos después de la tragedia de Vargas”, repiten algunos sobrevivientes con terquedad. Sin embargo, ante el nivel de destrucción actual, la gran pregunta que flota sobre el polvo de la costa es cuánto tiempo le tomará a un país ya golpeado volver a ponerse de pie.