Hasta que OpenAI dejó correr libre, allá a finales de 2022, ese invento llamado ChatGPT y se provocó el big bang de la inteligencia artificial generativa, convencer a un inversor de que apostar cientos de millones por una startup especializada en esto no era ni por asomo tan fácil como lo es a día de hoy. Si hace cinco años se hubiese tocado la puerta de un fondo de capital riesgo o de un magnate para pedirle que inyectase capital en una empresa europea que pretendía crear software para la guerra, es probable que la respuesta fuese un sonoro portazo. El dinero quería tecnología, pero en aquella época se preferían aplicaciones para pedir comida, plataformas de comercio electrónico o cualquier empresa que prometiese revolucionar internet.
Pero hoy la fotografía es radicalmente distinta. Lo es por el boom que ha elevado la IA a una fiebre bursátil, laboral, jurídica y social. Lo es también por la guerra entre Ucrania y Rusia, que ha impuesto un nuevo umbral tecnológico en el campo de batalla y ha sacado a la Unión Europea de esa aparente burbuja de tranquilidad donde los grandes conflictos solo ocurrían a decenas de miles de kilómetros de su territorio. A este potente mix hay que añadirle, por supuesto, la manifiesta hostilidad de Donald Trump hacia la OTAN.
Todo esto derivó en la ansiedad europea por rearmarse. Para ello necesitaba un campeón que redujese su necesidad de terceros. Algo que está empezando a cobrar forma. La alemana Helsing, fundada en 2021, acaba de cerrar una ronda de financiación de 1.800 millones de dólares. Lleva meses en ello y los trabajos se han llevado a buen puerto. Su valoración de mercado es exactamente diez veces superior a la cifra que acaba de anunciar. 18.000 millones. La cifra puede parecer minúscula al lado de los 200.000 millones que pretende captar Revolut en su salida a Bolsa. Pero cuando se toma en perspectiva y se tiene en cuenta que lo de Helsing habla de un tipo de startup que hasta hace poco brillaba por su ausencia en el Viejo Continente, la historia cambia por completo. La cifra impresiona, pero no marea, pero la verdadera noticia no son los millones que acaba de captar. Es el cambio de escenario que representan.
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POR M. Mcloughlin
Durante años, Europa ha perseguido sin demasiado éxito la idea de construir gigantes capaces de competir con Silicon Valley y la floreciente industria tecnológica china. Desde finales del pasado siglo, se ha visto al otro lado del Atlántico levantarse empresas como Google, Meta o Nvidia. En China se respondía con Tencent, Alibaba o ByteDance. En esta parte del mundo nos consolamos con gigantes muy especializados como ASML, SAP o Ericsson. Por muy importantes que sean en sus respectivos menesteres, la retórica dominante era que en esta carrera vamos francamente atrasados.
Ahora empieza a surgir una nueva categoría. Una donde no se compite por crear la alternativa al iPhone, ni el próximo WhatsApp, ni tampoco crear el próximo Gemini. Lo que ahora se juega es construir un gremio que decidirá cómo serán los ejércitos, la seguridad y las guerras dentro de diez o quince años. Una tarea en la que EEUU, con empresas como Palantir o Anduril había tomado algo de delantera.
Hace apenas unos días, el New York Times pudo acceder a una de las fábricas de Helsing. Sobre la dirección de la instalación solo se sabe, por motivos obvios, que está al sur de Alemania. Tal es la obsesión y el secretismo que, si se viese comprometida, la planta podría ser empaquetada y trasladada a otra ubicación en tan solo 24 horas. Otra de las cosas que destaca el rotativo estadounidense es que una de las primeras que se encuentran es un enorme mural donde se puede leer “Protegiendo nuestras democracias”.
La visita ayuda a entender por qué los millones han llegado a Helsing. Allí se ensamblan unos drones kamikaze, los HX2. No son armas que tengan el cartel de ‘próximamente en su campo de batalla’. Ya se están utilizando. En Ucrania. Una de las características que más gusta en el frente es que puede funcionar incluso cuando las comunicaciones o el GPS se caen o son saboteados.
Pero la clave no es el fuselaje ni sus afiliadas y aerodinámicas formas. Lo diferencial se ve menos que una emboscada de aviones espía. Se trata del software que los mueve. Un software vivo que crece y aprende con cada misión o reconocimiento, donde cada ataque marca un antes y un después porque alimenta con nuevos datos el algoritmo. En este punto ayuda a entender el cambio que se está produciendo dentro del negocio de la defensa. Los gigantes como Lockheed Martin o Grumman, esos que sumaban contratos millonarios por todo el mundo, entregaban armas cerradas. Empresas como Helsing lo que proponen es algo parecido a móviles y otros accesorios inteligentes. Comercializan un sistema que seguirá aprendiendo y creciendo incluso cuando salga de fábrica gracias a las actualizaciones.
La gran metamorfosis
El buen momento de la empresa también refleja el cambio de mentalidad que existe en la industria tecnológica hacia la palabra guerra. Al otro lado del Atlántico se está viendo cómo OpenAI, Nvidia, Microsoft, Amazon o Google firman contratos y acuerdos con el Pentágono a ojos de todo el mundo. Nada que ver con el pudor que antaño regía estos pactos. Es cierto que en Silicon Valley ha surgido una nueva clase obrera, una que no pelea tanto por las condiciones que le ofrecen las multinacionales que les contratan, sino por la ética de la tecnología que han ayudado a crear con su conocimiento.
Pero esta discusión ha sido desplazada. Y el ejemplo más claro es el polémico manifiesto de Palantir, basado en el libro que publicó su CEO y cofundador, Alex Karp. En ese texto se hablaba de la deuda moral de la industria tecnológica con el Estado, así como de la era del poder duro del software, o la disuasión basada en inteligencia artificial. En sus 22 páginas, por cierto, se hablaba de la necesidad de rearmar a dos socios como Alemania o Japón.
En la compañía, de origen alemán, defienden con vehemencia que son un proyecto europeo, que está controlado mayoritariamente por inversores y capital europeo y que a día de hoy no tienen ningún contrato con el Gobierno de Estados Unidos.
Esta metamorfosis se deja notar también en que Helsing contrata ahora ingenieros procedentes de Tesla o Apple, que quizá hace unos años, con el tabú reinante, era más complicado. Pero, como decimos, la guerra de Ucrania ha cambiado eso. Y eso también se refleja en los inversores y el capital riesgo, que ya no ven en la defensa un sector incómodo. Daniel Ek, fundador de Spotify, fue uno de los primeros en apostar por Helsing cuando prácticamente nadie quería hacerlo. Hoy, junto a él, aparecen nombres como General Catalyst, Lightspeed, Lakestar, JPMorgan o varios fondos soberanos europeos. La demanda en la última ronda superó ampliamente el capital que la empresa estaba dispuesta a aceptar, una señal de que los inversores consideran que el mercado apenas está comenzando.
Mientras Estados Unidos ya cuenta con gigantes como Anduril, Shield AI o Saronic, Europa intenta construir su propia generación de campeones tecnológicos antes de que la distancia vuelva a hacerse insalvable. Helsing parece ser la empresa destacada de un pelotón que va a hacerse más grande, con corredores que tienen la misma meta pero diferentes formas de abordarla. Quantum Systems desarrolla drones autónomos para reconocimiento y operaciones militares. Auterion construye el software que permite controlar plataformas no tripuladas. La finlandesa NestAI, fundada por Peter Sarlin tras vender Silo AI a AMD, quiere desarrollar un sistema operativo capaz de coordinar drones, robots y sistemas de mando mediante inteligencia artificial y ya trabaja junto a Nokia Defense para desplegar redes tácticas, detectar amenazas y operar en entornos donde las comunicaciones convencionales dejan de funcionar.
Incluso compañías como Mistral AI, centradas en modelos de lenguaje, empiezan a formar parte de esta conversación con un pacto con la propia Helsing. No porque fabriquen armamento, sino porque poner armamento a funcionar con un modelo diseñado en Estados Unidos o China no parece la decisión más lógica en los tiempos que corren.
Todas estas compañías comparten una misma filosofía. Hablan de inteligencia artificial, autonomía, software y soberanía tecnológica mucho más que de tanques o cazas de combate. La frontera entre la tecnología civil y la militar empieza a difuminarse. Los mismos avances que permiten desarrollar robots industriales, vehículos autónomos o grandes modelos de lenguaje pueden acabar utilizándose para coordinar enjambres de drones, gestionar operaciones militares o detectar amenazas en tiempo real. La industria lo llama tecnología dual. En la práctica, significa que buena parte de la próxima revolución militar se está gestando en empresas que hace solo unos años habrían sido clasificadas simplemente como startups de inteligencia artificial.
El propio Helsing ya trabaja en esa dirección. Además de sus drones, la empresa desarrolla el CA 1, un caza no tripulado fabricado en fibra de carbono que pretende realizar misiones demasiado peligrosas para un humano y hacerlo por una fracción del coste de un avión de combate convencional. La idea no consiste en sustituir completamente a los cazas actuales, sino en desplegar decenas o incluso cientos de plataformas autónomas capaces de acompañarlos, saturar las defensas enemigas o penetrar en zonas donde enviar a un piloto sería inasumible. Es una visión de la guerra muy distinta a la que ha dominado las últimas décadas y que explica por qué el software empieza a ser tan importante como el propio hardware. Otro proyecto en el que está trabajando es en el de crear dos constelaciones de satélites para proporcionar inteligencia artificial, vigilancia y seguimiento de objetivos a instituciones europeas y organismos de defensa.
Europa llevaba demasiado tiempo intentando construir gigantes tecnológicos capaces de competir con Silicon Valley. Resulta llamativo que el primero que realmente pueda convertirse en un líder mundial no haya nacido para revolucionar internet, vender publicidad o fabricar teléfonos móviles. Ha surgido para desarrollar inteligencia artificial aplicada a la defensa. Y si el dinero sigue entrando al ritmo actual, Helsing podría terminar siendo solo la primera de una generación de empresas que aspira a convertir a Europa en una potencia tecnológica también en el terreno militar.
