La estrategia de Ucrania para estrangular Crimea: bombardeos con drones, ataques a infraestructuras y golpes psicológicos a las tropas rusas | Internacional

La estrategia de Ucrania para estrangular Crimea: bombardeos con drones, ataques a infraestructuras y golpes psicológicos a las tropas rusas | Internacional

Algo está cambiando en Crimea, el territorio que representa el tesoro más valioso del plan imperialista emprendido por Vladímir Putin en 2014. El presidente ruso ha considerado todo este tiempo que la península usurpada a Ucrania era una fortaleza inexpugnable. La aparente normalidad reinante es, sin embargo, un trampantojo tras el que Moscú trata de ocultar golpes duros, como los sufridos en los últimos meses por su flota atracada en Sebastopol o por sus defensas antiaéreas en ese bastión ocupado.

En medio de la ofensiva emprendida ahora por Kiev —que está tratando de estrangular desde el punto de vista logístico ese territorio invadido por Rusia, bombardeando puentes, vías férreas, carreteras e infraestructuras—, la realidad pone en cuestión la propaganda de Putin. “Ucrania no ha renunciado a Crimea”, recalca el historiador y analista ucranio Oleksii Otkydach, originario de esa península.

Recuperar Crimea, 12 años después de perderla, es hoy para Kiev menos ensoñación que hace unos meses, aunque en esta década larga han echado raíces las autoridades que detentan el poder junto a decenas de miles de rusos empujados hacia allí por el Kremlin.

Por eso, el Gobierno de Volodímir Zelenski lanza con esta ofensiva inédita un mensaje en una triple dirección: a los rusos, a la propia población ucrania y a quienes viven en Crimea (más de dos millones de personas), tanto a los defensores de las posiciones de Moscú como a los de Kiev. Les recuerda que Ucrania no olvida Crimea, que intentará por todos los medios recuperarla y que, si eso no se logra, hará la vida imposible a las fuerzas de ocupación.

Sebastopol, la ciudad más poblada de la península, no tiene estos días capacidad ni para asegurar el suministro eléctrico y ha de racionar el combustible con el sonido de fondo de las explosiones, como ha comprobado el enviado especial de EL PAÍS a finales de junio. Los habitantes sufren un desabastecimiento y una sensación de inseguridad que no habían experimentado desde 2014.

La mayoría de ucranios a pie de calle no se han mostrado en los últimos años optimistas con respecto a la posibilidad de recuperar el territorio ocupado por Rusia: en torno al 20% del país, incluido Crimea. El pesimismo ha cundido especialmente tras la invasión a gran escala lanzada por Rusia en febrero de 2022. Pero ahora, a golpe de dron contra el enemigo, la opinión pública empieza a ver posible un cambio de tornas y el asunto es aireado a diario por las autoridades y los medios de comunicación.

Una estrategia calculada

“Durante mucho tiempo, Crimea ha sido un fetiche, la joya de la corona del mito imperial de Putin. Ahora, toda esa fantasía se está desmoronando ante nuestros ojos”, celebra Alim Aliev, activista de derechos humanos de la minoría tártara, una etnia cuya persecución se ha agravado desde 2014. “Lo que hemos presenciado en las últimas semanas no es simplemente una serie de ataques aleatorios, sino una estrategia militar y diplomática minuciosamente calculada”, describe. El objetivo de Ucrania: convertir la península en una isla alejada de suministros y sin defensas.

Tras asediar las vías de comunicación como carreteras, puentes o vías ferroviarias por las que se mueven los suministros, será el turno de inutilizar de forma definitiva el famoso y esencial puente del Kerch que une Crimea con Rusia, vaticina el activista tártaro. Se trata, según Aliev, de asestar un golpe no solo logístico y militar, sino también psicológico, que demuestre el “desmantelamiento del mito ruso”.

Defender y mantener bajo ocupación la península le cuesta cada vez más caro a Moscú. Su propia geografía y ubicación, rodeada por el mar Negro, le obliga a pagar un alto —y creciente— precio económico, logístico, militar y humano. Al mismo tiempo, Rusia ha de mantener la tensión bélica en otros puntos como la región ucrania de Donbás, la propia capital rusa o el abanico de instalaciones energéticas en distintas regiones del país que están siendo objetivo militar de Kiev.

La duda que se presenta ante la ofensiva de las últimas semanas de Ucrania contra la Crimea ocupada —que trata de recuperar— y, a la vez, contra Moscú —que trata de debilitar— es si Rusia va a ser capaz de resistir en todos los frentes la presión y si va a realizar cambios importantes en su despliegue bajo la actual coyuntura, lo que puede dejar zonas menos defendidas.

“No hay manera de que Rusia pueda defenderse en Moscú y Crimea sin perder poder en otros frentes”, considera Oleh Rybachuk, del Centre of United Actions y ex vice primer ministro ucranio.

“Los ataques contra Crimea crean un dilema complejo. Si no refuerza su defensa, la situación en la península seguirá deteriorándose”, coincide el historiador Oleksii Otkydach. “Si, por el contrario, Rusia decide reforzar la protección de Crimea, debe destinar enormes cantidades de sistemas de defensa antiaérea, combustible, vehículos y recursos logísticos. Eso significa que esos medios dejan de estar disponibles en otros lugares, creando oportunidades para ataques contra objetivos estratégicos en otras regiones, como las refinerías de Moscú, Yaroslavl o Riazán”, agrega.

El lanzamiento de modernos drones fabricados por Ucrania busca complicar el ya de por sí dificultoso abastecimiento que el Kremlin ha de desplegar en Crimea. “[Ese territorio] depende totalmente de Ucrania: su suministro de agua, sus carreteras, su logística… Todo depende de Ucrania. Y ahora estamos cortando las rutas logísticas”, explica Oleh Rybachuk.

El prólogo a los actuales golpes sobre vías de comunicación e infraestructura energética fue debilitar durante meses la flota rusa atracada en Sebastopol y sus defensas antiaéreas, recuerda este analista; por eso, “ahora [los rusos] están medio ciegos”. Pese al elevado gasto de armamento que Kiev está llevando a cabo, calcula que, de momento, tienen arsenal suficiente.

“Crimea nunca podía existir sin la conexión con Ucrania, con el resto de la tierra firme”, abunda Otkydach, que apoya la actual estrategia de su país mediante, sobre todo, el lanzamiento de drones. “Ante la escasez de medios clásicos de ataque de largo alcance, como misiles balísticos, misiles de crucero o bombas aéreas, el uso de drones se ha convertido en una alternativa eficaz”, opina. “Son significativamente más económicos y, como han demostrado los acontecimientos recientes, pueden causar daños importantes a objetivos militares y estratégicos”, añade.

La península “tiene un enorme valor simbólico y político para el Kremlin”, remarca Otkydach. “Es uno de los principales pilares de la narrativa de Vladímir Putin, por lo que cualquier vulnerabilidad allí supone un problema político significativo”, prosigue. “La histórica ventaja de ser un país inmenso —el más grande de Europa— se ha convertido ahora en una debilidad para Rusia, ya que su doctrina militar se basaba en el hecho de que es una potencia nuclear y que nadie se atrevería jamás a atacar su infraestructura militar”, considera Oleh Rybachuk. Para tratar de mantener Crimea, “el Kremlin está trasladando defensas desde otras partes de Rusia, dejando así a esas otras zonas aún menos protegidas”, añade el ex vice primer ministro.

La situación actual, apunta Otkydach, es vista de distinta forma por los habitantes de Crimea que apoyan a Kiev y los que defienden a Moscú. Para los primeros, “estos ataques representan una esperanza”. Para los segundos, especialmente “muchos ciudadanos rusos que se trasladaron ilegalmente a la península tras la ocupación, la situación genera temor e incertidumbre”. El panorama demográfico ha cambiado con la llegada de unos 800.000 rusos desde 2014, calcula Alim Aliev.

Ven peligrar sus inversiones, sus propiedades y su nueva vida impulsada por la invasión, añade el activista tártaro. Además, agrega el historiador Otkydach, de “tener que responder por su presencia ilegal en el territorio de Ucrania” ante los tribunales. Esta, la legal, es otra de las estrategias que Kiev trata de impulsar en su intento por recuperar la península.

Para Rybachuk, optimista, no hay duda de que tarde o temprano habrá un “éxodo” representado por autoridades rusas y sus familias huyendo de la península. Como paso previo, pronostica para el próximo otoño otro empujón en la revolución armamentística de Kiev, lo que le permitirá golear con misiles balísticos zonas todavía más alejadas de Rusia.

Nada de eso parece, en principio, que vaya a suceder en el corto plazo. Mientras, según las noticias que recibe desde dentro Oleksii Otkydach, “las autoridades de ocupación intentan transmitir la imagen de que todo está bajo control, siguiendo un modelo de comunicación de la URSS”. Reconoce el historiador que cada vez es más complicado contactar de manera segura por “las restricciones al acceso a internet y a los servicios de mensajería”. Mientras, los que esperan la liberación se apoyan en un mensaje, afirma Alim Aliev: “Ucrania no nos ha olvidado”.