Por qué el último gran gigante tecnológico de la UE se ve obligado a ‘regalar’ 20.000 € a cada empleado

Por qué el último gran gigante tecnológico de la UE se ve obligado a ‘regalar’ 20.000 € a cada empleado

Desde 2020, cuando las costuras industriales de medio mundo saltaron por los aires por culpa del covid y la escasez de semiconductores, muchos europeos aprendieron un nombre de cuatro letras: el de los holandeses de ASML. Hagamos un breve repaso por la industria de los microchips para entender el porqué de su importancia. En este negocio, muchos piensan y diseñan las cosas. Nvidia, AMD, Qualcomm, Apple, Google… son algunos de los nombres. El problema viene cuando hay que convertir los bocetos en realidad. Si los chips no son de última generación, hay más opciones, pero como hablamos de componentes de vanguardia, la lista es extremadamente corta.

Los taiwaneses de TSMC, los coreanos de Samsung y, dentro de poco, Intel, que ha puesto en marcha un plan para fabricar para terceros. Si ese no fuese suficiente cuello de botella, hay otro punto de la cadena donde el suministro se estrecha todavía más. Sí, en ASML. Y lo son porque son la única empresa en todo el mundo capaz de crear las prodigiosas máquinas de litografía ultravioleta extrema. Sin sus equipos, que llegan a costar más de 300 millones de euros por unidad y que pesan como un avión comercial, ni la inteligencia artificial, ni las tarjetas gráficas de última generación ni los teléfonos inteligentes hubiesen llegado a donde han llegado.

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Este es el clavo ardiendo al que se agarran en muchas partes de la UE cuando se les habla de su irrelevancia en el tablero tecnológico mundial. Y su singularidad se ve ampliamente recompensada cada vez que se cita con los inversores para presentar sus cuentas. Durante el segundo trimestre del año, ingresaron exactamente 9.326 millones de euros, de los que hubo un beneficio neto de 2.918 millones de euros.

Han superado las estimaciones de los analistas, aprovechando los vientos de cola de la fiebre global por la inteligencia artificial. Una locura que le ha empujado a elevar su previsión de ventas anuales hasta una horquilla de entre 43.000 y 45.000 millones de euros. Una estimación impulsada por un mercado global de equipamiento de chips que se encamina a los 250.000 millones de dólares para 2028, según Bank of America.

Estas cifras, un sueño húmedo para cualquier tecnológica europea, han obligado a la empresa a planificar una ampliación de su capacidad de producción, que será un 30% mayor el próximo año. No es que quiera captar nuevos clientes, es que la demanda está tan saturada que tiene prácticamente vendida toda su producción hasta 2029. En su lista de clientes figuran TSMC, Intel o incluso Elon Musk, que pretende adquirir un buen número de sus inventos para su Terafab, la enorme instalación para la moderna y atípica fabricación de chips que pretende levantar en Texas.

Pero en los últimos días se han producido dos noticias que pueden parecer simbólicas, pero que unidas ayudan a entender cómo este monopolio está preocupado por perder su privilegiada posición, lo que supondría un misil en la línea de flotación de los europeístas convencidos de que la Unión Europea tiene margen para recobrar peso en la industria tecnológica.

La primera de ellas es la decisión de la dirección de este coloso industrial de premiar a todos sus trabajadores con un bonus de permanencia de 20.000 euros. El objetivo: que nadie abandone su puesto de trabajo y sucumba a los cantos de sirena de otras empresas. Los que reciban el cheque no se podrán ir antes de 2030.

En una industria acorralada por el déficit de mano de obra especializada, compañías de todo tipo están pagando primas salvajes por hacerse con sus ingenieros y especialistas. Desde competidores directos como Applied Materials o Lam Research hasta otras como Nvidia. En la firma de Veldhoven han comprendido que un pequeño número de deserciones no supondría simplemente un simple contratiempo administrativo. Cambiar un número considerable de piezas podría suponer importantes retrasos en una cadena de montaje exigida al máximo.

Pero las amenazas no solo vienen del otro lado del Atlántico. Otro de los riesgos existentes es que empresas chinas sean capaces de atraer el talento de ASML para lograr dar forma a una alternativa que les permita esquivar las sanciones de Estados Unidos que les impiden acceder a su catálogo de productos. No es la primera vez firmas de la órbita de Pekín ofrecen ingentes cantidades de dinero a trabajadores de esta compañía o de Zeiss (la firma alemana que se ocupa de las ópticas de sus máquinas) para intentar reclutarlos. Aquí el riesgo no es la pérdida de talento, sino la fuga de conocimiento crítico. Esa preocupación se ha visto reflejada a todos los niveles. Incluso, el Gobierno holandés y los servicios de inteligencia del país han recomendado a la dirección ser extremadamente cuidadosos a la hora de seleccionar personal, especialmente en puestos clave.

Una máquina de ASML. (Reuters)

Si esta posibilidad llega a materializarse, China puede dar un paso más hacia algo parecido a la autosuficiencia en materia de semiconductores. Una posibilidad que parecía una locura cuando Estados Unidos ejecutó un bombardeo de sanciones que prohibía a ASML vender máquinas a las fundiciones del gigante asiático. Peter Wennink, CEO en el momento que ocurrió este episodio, ya alertó de que aquello era empujar a Pekín y su órbita empresarial a buscarse las castañas y crear una alternativa nacional. La respuesta de Pekín ante ese bloqueo fue inyectar miles de millones de yuanes a la industria para alimentar esta vía.

En los últimos meses se han dado movimientos preocupantes para los intereses de Washington y de la propia ASML. Este año se conocía que el proyecto para crear una máquina de litografía extrema que había emprendido China había superado sus primeros pasos con éxito. Eso no es sinónimo de que esté cerca de lograrlo, pero los primeros retos de ingeniería habían sido resueltos, según una investigación de Reuters, que citaba fuentes conocedoras de estos movimientos. Esto ha hecho que la Administración Trump sospeche de que se podían haber saltado las sanciones y hubiesen accedido a equipos de la compañía holandesa, a los que se les estaría haciendo ingeniería inversa con el fin de desvelar sus secretos. Tanto la multinacional europea como las autoridades locales niegan que esto haya sucedido.

El último logro llegado de Oriente ha escocido en el seno del gigante europeo. Hasta el punto de que su cotización ha caído más de un diez por ciento.

Una filtración publicada por The Information reveló que firmas chinas como Yuliangsheng y el ecosistema industrial articulado alrededor de Huawei y SiCarrier han comenzado a ensamblar sus primeras máquinas de litografía por inmersión de desarrollo local. Las primeras unidades de estos equipos ya tienen como destino las líneas de producción de los mayores fabricantes nacionales de chips, entre los que destacan firmas como SMIC, Hua Hong o el gigante de las memorias CXMT.

Cómo se fabrica un microchip

Nadie en el sector sugiere que estos desarrollos chinos vayan a destronar de la noche a la mañana el dominio tecnológico que ostenta la multinacional europea. La brecha técnica entre las máquinas de Veldhoven y los primeros prototipos comerciales de Asia sigue siendo un abismo de varios años de evolución y de miles de millones de euros en desarrollo acelerado. Sin embargo, el movimiento demuestra que China ha dejado de resignarse al papel de cliente vetado y ha comenzado a construir los cimientos de su propia soberanía industrial.

Esta tenaza entre la presión regulatoria de la Casa Blanca y la ambición china sitúa al gigante neerlandés en un equilibrio verdaderamente estrambótico. La compañía factura más dinero que nunca en la historia de la tecnología y domina las grandes carteras de inversión de Wall Street, pero tiene que calibrar cada paso comercial para no enfadar a los legisladores estadounidenses ni regalar margen operativo a sus rivales emergentes. Su monopolio absoluto en la vanguardia del chip convive con la amenaza constante de nuevas restricciones que amenazan con recortar de un plumazo una quinta parte de su negocio actual.

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El reparto del bonus de permanencia un seguro de vida valorado en novecientos millones de euros (si todos los aceptan) para garantizar que los talleres de montaje funcionen a pleno rendimiento durante el ciclo de expansión más agresivo de la década. Si los ingenieros dicen sí y se quedan hasta dos mil treinta, la firma mantendrá su hegemonía sobre los semiconductores, pero si la competencia aprieta con ofertas todavía más suculentas, el monopolio europeo mostrará grietas irreparables.

La lección que deja el caso de Veldhoven es tan amarga como ilustrativa sobre el verdadero estado de la tecnología en el viejo continente. La soberanía digital europea no se decide en las grandilocuentes declaraciones de los comisarios en Bruselas, sino en la capacidad de evitar que un grupo de ingenieros altamente cualificados acepte una oferta de trabajo en Silicon Valley o en Asia. ASML ha descubierto que diseñar la maquinaria más compleja que ha visto la humanidad es casi un juego de niños comparado con la titánica tarea de convencer a sus propios empleados para que no se marchen al mejor postor.

Desde 2020, cuando las costuras industriales de medio mundo saltaron por los aires por culpa del covid y la escasez de semiconductores, muchos europeos aprendieron un nombre de cuatro letras: el de los holandeses de ASML. Hagamos un breve repaso por la industria de los microchips para entender el porqué de su importancia. En este negocio, muchos piensan y diseñan las cosas. Nvidia, AMD, Qualcomm, Apple, Google… son algunos de los nombres. El problema viene cuando hay que convertir los bocetos en realidad. Si los chips no son de última generación, hay más opciones, pero como hablamos de componentes de vanguardia, la lista es extremadamente corta.