Lo vintage siempre ha tenido tirón, reconozcámoslo. Y no solo en la moda. Qué puede ser más encantadoramente retro que Brigitte Bardot disparando una cámara de carrete. Con móvil no sería igual. ¿Y acaso no se dispara también la nostalgia cuando Julie Delpy y Ethan Hawke, protagonistas de Antes del amanecer (Richard Linklater, 1995), entran en una tienda de discos y pinchan el Come here de Kath Bloom, por supuesto en vinilo? Con el tocadiscos se llega a rozar el cielo musical.
Las cámaras compactas, los teléfonos apodados «bobos» (dumbphones) -frente a los inteligentes smartphones-, los vinilos y hasta los cuadernos, mejor si es un Moleskine, que usaron Hemingway o Picasso, están viviendo una especie de edad de oro. Este despegue áureo se interpreta como un regreso de lo analógico, consecuencia directa de la saturación digital, con todas las trazas de ser la tendencia marcada por la ley del péndulo.
El turismo de masas nos deriva al turismo de silencio. Las pantallas nos abocan a los libros de papel. Los coches nos empujan a la bicicleta. La excesiva oferta en plataformas nos lanza en brazos del reproductor VHS. La cocina sofisticada nos devuelve a la cocina de la abuela. Y, siguiendo la misma tónica, la tecnología punta, que se torna demodé apenas sale al mercado, nos recuerda el sex appeal de las máquinas más rudimentarias.
El encanto de lo analógico
Puede que sea nostalgia o elogio de la lentitud. Y puede que sea solamente una cuestión estética, porque ¿quién puede resistirse a un tocadiscos tipo maleta o a un viejo Nokia ajeno a los dictámenes del mercado? O puede, en algunos casos, que se trate de un fuerte posicionamiento político o filosófico frente al vértigo de la continua aceleración. El Perfect days (2023) de Wim Wenders. Hirayama, el protagonista, escucha casetes en su furgoneta, ya sea Patti Smith, ya Nina Simone; hace fotografías de los árboles que luego lleva a revelar, y lee a Faulkner, cuyas novelas son algo así como el refugio de cierta resistencia literaria.
Hirayama, protagonista de Perfect days, y su sobrina Niko fotografiando los árboles.
GTRES
Lo curioso, o no tanto, es que son los miembros de la generación Z quienes están mirando por el retrovisor y recuperando lo que triunfó en las décadas previas a internet. Cansados del streaming y de la dictadura del algoritmo, optan por bailar a su propio ritmo, más lento, tirando de los discos de antes e incluso de cedés, que ya son de otra época. Más concentración, menos distracciones. Experiencias más conscientes, participativas y tangibles.
«Physical media» lo llaman. Soportes que se puedan tocar. El último informe de Promusicae, la asociación que representa a la industria musical en España, ofrece algún dato interesante al respecto. Por ejemplo, que las ventas de vinilos crecieron un 30% en 2025, lo mismo que los CD, aunque no tanto, un 9,1%. Y que 2025 fue un año de crecimiento para el mercado físico, que aumentó un 31,6% respecto a 2024.
Más cámaras compactas
No solo la música en formato físico viene del pasado, también las cámaras analógicas, aunque para muchos nunca se fueron. Se busca ahora la belleza sin filtros, el lado perfecto de la imperfección, la imagen que no es editable, el enfoque pensado, la magia de revelar, el tiempo de espera, la sorpresa. Esta fotografía, para la que hace falta un aprendizaje -no basta dar al botón sin más- tiene un atractivo cada vez más valorado. Es única.
Necesitamos rituales, que enaltezcan nuestros actos y les den valor, prestando atención, viviendo el momento, sin prisas, sin notificaciones. La propia estética de estas cámaras las hace deseables. Pensemos en la cámara analógica Kodak Ektar H35, inspirada en las de los años 60. O, mejor aún, en la Leica M3, una de las más codiciadas. Canon, por su parte, celebra el 30 aniversario de la gama Power Shot con el lanzamiento de la G7 X Mark III. Según los datos de envíos de junio de 2026 de la Camera & Imaging Products Association (CIPA), organización japonesa que agrupa a Nikon, Fujifilm, Sony o Canon, las compactas han aumentado alrededor de un 16% con respecto al año anterior, algo a destacar en una categoría que se daba por acabada hace tan solo unos años.
Los vinilos son cada vez más apreciados por los integrantes de la generación Z.
JAMAKASSI/UNSPLASH
Los clubes de lectura ganan simpatizantes, la cerámica está en plena eclosión, la artesanía en general ha regresado por la puerta grande, y todo invita a pisar el freno y desacelerar en busca de más humanidad. Como si el filósofo surcoreano Byung-Chul Han nos lo estuviera susurrando al oído in situ. O como si hubiéramos hecho caso a Josep Maria Esquirol, que aboga por instaurar La escuela del alma. En este libro, el catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona pone el acento en no ceder a «la pantallización del mundo», así como en recuperar el realismo del sentido común y volver a «un materialismo de la gente que anda y que cocina, que sierra maderas o cuida las plantas».
Vivir a otro ritmo
No es lo mismo tener una fotografía perdida en la nube entre miles que una impresa en papel colocada en un lugar especial. Igual que no es lo mismo ir al cine a ver la última de Christopher Nolan que verla en la soledad de nuestra habitación mientras se multiplican los cantos de sirena. La asimilación de lo cultural se lleva mal con el ritmo que impone la rutina digital, donde todo es rápido y reemplazable. Y los recuerdos, cuando provienen del entorno real, se archivan de otra manera en la memoria. Revelar una fotografía, escuchar un disco entero o mantener una conversación por teléfono requieren tiempo. Son de por sí experiencias que desencadenan fácilmente la emoción.
