El doctor Felix Liauw recuerda la primera vez que tuvo en brazos a su hijo, Obelix.
“Tenía un aspecto perfecto. Era nuestro pequeño milagro”, declaró a CNN el pediatra de 40 años.
Tras siete años intentando concebir, Liauw y su esposa recibieron con gran alegría a su primogénito. Pero su felicidad pronto se vio empañada cuando el pequeño rechazó la comida, con vómitos y diarrea después de cada biberón, hasta ocho veces al día.
Desde el principio, la esposa de Liauw modificó su dieta, sospechando que tenía alergia a la leche materna.
Pero los síntomas persistieron, y Obelix fue ingresado en la unidad de cuidados intensivos neonatales y rehidratado con tan solo dos semanas de vida.
“No paró de llorar, llorar y llorar, todo el día”, contó Liauw desde su casa en la ciudad de Bekasi, Indonesia.
“Si no le dábamos de comer, estaba bien, pero tenía muchísima hambre todo el tiempo”, lamentó.
Liauw consultó a una nutricionista pediátrica que le sugirió una fórmula láctea especial para Obelix, pero esto no ayudó y su peso bajó de 2,4 kilogramos (aproximadamente 5 libras) a 2,2 kg.
Al mes de edad, le colocaron una sonda de alimentación y le diagnosticaron una infección intestinal en un hospital de Yakarta. Los médicos le recetaron diferentes tipos de antibióticos, con la esperanza de encontrar uno que funcionara, pero sin éxito.
Los análisis de sangre posteriores indicaron que Obelix padecía el síndrome del intestino corto congénito, un trastorno poco común que le impedía digerir los alimentos y que requirió una hospitalización prolongada.
Aún muy pequeño, Obelix desarrolló sepsis, una reacción extrema a una infección.
Los análisis de sangre demostraron que ninguno de los antibióticos con los que los médicos esperaban controlar la infección estaba funcionando, y Obelix falleció en el hospital el 12 de febrero de 2020. Tenía tan solo 3 meses y 2 semanas de edad.
No se realizó autopsia, pero la sucesión de acontecimientos convenció a sus padres de que la resistencia a los antimicrobianos (RAM) había influido en su muerte.
La resistencia a los antimicrobianos (RAM) es uno de los desafíos de salud global del siglo XXI.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se produce cuando las bacterias —así como los virus, los hongos y los parásitos— mutan de tal manera que los medicamentos utilizados para tratarlas dejan de ser eficaces.
Aunque este proceso ocurre de forma natural, se conoce desde hace mucho tiempo como una amenaza.
Hace unos 100 años, investigadores de Oxford observaron bacterias capaces de destruir la penicilina, incluso antes de que el fármaco se utilizara de forma generalizada.
En la década de 1980, los médicos observaron la propagación mundial de cepas multirresistentes. Desde entonces, la concienciación y los esfuerzos para combatir la resistencia a los antimicrobianos han aumentado, pero también lo ha hecho la amenaza.
En 2021, un año después de la muerte del pequeño Obelix, este fenómeno se relacionó con 4,7 millones de muertes en todo el mundo.
La OMS estima que para 2050 esa cifra podría ascender a 39 millones anuales y, con el tiempo, afectar a toda la población.
Uno de los principales factores que impulsan la resistencia es el uso excesivo de antibióticos, tanto en humanos como en la agricultura, lo que puede acelerar la aparición de “superbacterias” resistentes a los medicamentos.
Por eso, la OMS advierte contra la automedicación con antibióticos e insta a las personas a completar siempre cualquier tratamiento prescrito.
Sin embargo, en los cinco años previos a 2023, la OMS constató que más del 40 % de los antibióticos habían perdido su eficacia contra enfermedades comunes como las infecciones del tracto urinario y las infecciones de transmisión sexual.
“Estos hallazgos son sumamente preocupantes”, declaró el Dr. Yvan Hutin, jefe del departamento de Resistencia a los Antimicrobianos de la OMS. “A medida que la resistencia a los antibióticos sigue aumentando, nos estamos quedando sin opciones de tratamiento y estamos poniendo vidas en riesgo”.
A pesar de la creciente concienciación, el consumo mundial de antibióticos va en aumento.
Y no solo los toman las personas cuando están enfermas. Se utilizan grandes cantidades de antibióticos en la agricultura, generalmente para promover el crecimiento de las aves de corral y el ganado, una práctica que se observa en todo el mundo, mucho más allá de Indonesia, país de origen de Liauw.
Pfizer advierte a los médicos sobre la inminente escasez de penicilina para niños
La Unión Europea ha tomado medidas, prohibiendo el uso de antibióticos como agentes de crecimiento para animales de granja en Europa, y extenderá esta norma a todas las importaciones de ganado en septiembre.
Sin embargo, Estados Unidos aún permite el uso de antibióticos para promover el crecimiento y, según las cifras más recientes, registró un aumento del 16 % en la venta y distribución de antimicrobianos para animales destinados a la producción de alimentos entre 2023 y 2024.
Parte de este incremento se debió al brote de metapneumovirus aviar en pavos y pollos, así como a la gripe aviar, según la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA).
Mallory Smith falleció en Los Ángeles a los 25 años a causa de una infección que los antibióticos no pudieron combatir.
Diagnosticada a los 3 años con fibrosis quística, una enfermedad genética que obstruye los pulmones con mucosidad pegajosa, Smith creció con médicos que esperaban que llegara una cura a tiempo para salvarla.
Pero al acercarse a la adolescencia, sus pulmones se infectaron con B. cepacia, una bacteria peligrosa que resiste la mayoría de los antibióticos.
La infección provocó casi 70 hospitalizaciones.
Para 2016, los antibióticos ya no surtían efecto. Smith se sometió a un trasplante doble de pulmón, pero la infección persistió y falleció dos meses después, en noviembre de 2017.
“Los antibióticos no pudieron erradicar la infección”, declaró su madre, Diane Shader Smith, a CNN.
“Es como un incendio que creías haber apagado, pero las brasas siguen ahí, y las llamas vuelven con más fuerza, más rápido y más difíciles de controlar”, lamentó.
Antes del fallecimiento de Smith, los médicos habían obtenido la aprobación de la FDA para administrarle la terapia con bacteriófagos, una terapia experimental disponible en los EE.UU. únicamente mediante uso compasivo de emergencia o solicitudes puntuales como fármaco experimental.
Descubiertos hace más de un siglo, los bacteriófagos utilizan virus —creados por la naturaleza— para atacar a las “superbacterias”.
Sin embargo, encontrar el fago adecuado para atacar la infección de un paciente es un desafío enorme. Existen tantos fagos que los científicos estiman que hay un billón por cada gota de agua o grano de arena.
Hasta ahora, el uso de fagos para tratar infecciones bacterianas se limita a un puñado de países, y algunos los ven como una posible solución al creciente problema de la resistencia a los antibióticos.
Aunque la terapia con fagos no salvó la vida de Smith, la autopsia confirmó que había comenzado a surtir efecto, declaró su madre.
A lo largo de su vida, Smith documentó su viaje en entradas de su diario, describiendo a menudo el consuelo que encontraba en el mar, donde el agua salada aliviaba sus pulmones dañados y el surf calmaba su mente.
“La pérdida de Mallory fue un acontecimiento catastrófico en mi vida, pero crear conciencia me ha impulsado a seguir adelante”, comentó Shader Smith.
Desde la muerte de su hija, Shader Smith ha viajado por todo el mundo, concienciando sobre la resistencia a los antimicrobianos y sobre el potencial de la terapia con fagos para salvar vidas.
La OMS afirma que la terapia con fagos es generalmente segura, ya que los fagos no atacan las células humanas, pero se necesitan más pruebas antes de que su uso se generalice.
El tratamiento médico no es una solución universal para todas las infecciones bacterianas. Al igual que los antibióticos, los fagos pueden provocar la liberación de endotoxinas, o sustancias tóxicas, que pueden causar una respuesta inflamatoria grave —y potencialmente mortal—, como un choque séptico.
Luchando contra la AMR
A diferencia de la historia de Smith en Los Ángeles, la resistencia a los antimicrobianos tiende a afectar con mayor dureza a los países de bajos ingresos, en el sudeste asiático, donde vive Liauw, así como en el sur de Asia y el África subsahariana, según los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos.
Pero estos microorganismos resistentes circulan por todo el mundo, “afectando a los sistemas de salud en todos los niveles de ingresos”, declaró a CNN el Dr. Xin Deng, profesor de ciencias biomédicas de la Universidad de la Ciudad de Hong Kong.
Lo que diferencia a los países no son los gérmenes en sí, sino los recursos disponibles para combatirlos, añadió Deng.
Otros factores incluyen la capacidad de un país para prevenir infecciones, diagnosticar con precisión, controlar la contaminación ambiental y hacer cumplir las regulaciones, declaró Deng.
Para algunos, incluso el tratamiento de cortes y heridas podría volverse problemático si la resistencia a los antimicrobianos se propaga debido al riesgo de una infección descontrolada.
“Algunas bacterias presentan inherentemente mayores riesgos de resistencia a los antimicrobianos”, afirmó Deng, quien ha estudiado el tema durante 15 años.
Un ejemplo es una bacteria llamada Pseudomonas aeruginosa, explicó, que está relacionada con infecciones como la meningitis, la neumonía y la septicemia, un riesgo importante para las personas con fibrosis quística, como Smith.
Además de un uso más inteligente de los antibióticos, Deng pidió una mayor educación pública, capacitación en atención médica, programas de vacunación e inversión en investigación y herramientas de diagnóstico.
“La cruda realidad es que, con cada año de inacción, la crisis de la resistencia a los antimicrobianos se volverá más peligrosa, más costosa de abordar y significativamente más difícil de controlar”, afirmó.
Según las investigaciones, para 2050 la resistencia a los antimicrobianos podría costar al mundo US$ 1,7 billones en pérdidas anuales del PIB.
Se está generando un impulso creciente para abordar la resistencia a los antimicrobianos: más de 170 países están elaborando planes de acción y los Estados miembros de la OMS acordaron el año pasado una estrategia actualizada para reducir las muertes relacionadas con la resistencia a los antimicrobianos en un 10 % para 2030.
El nuevo plan busca reducir drásticamente la cantidad de antimicrobianos utilizados en los sistemas agroalimentarios mundiales y mejorar el saneamiento y la higiene.
También exige mejores pruebas de laboratorio y una mayor vigilancia, medidas que podrían ser útiles en casos como el de Obelix.
Para Liauw, es una causa que sigue defendiendo en honor a su hijo.
“No siempre debemos diagnosticar las infecciones basándonos únicamente en ciertos síntomas. Tenemos que adoptar un enfoque más integral, como en el caso de mi hijo”, manifestó Liauw.
“Su caso no es común, pero demuestra que el riesgo de la resistencia a los antimicrobianos puede ser mortal”, sostuvo.
