Fuente de la imagen, Jesus Vargas/Getty Images
Aunque crecí en Caracas, nací en La Guaira, un lugar al que siempre regresé y del que guardo algunos de mis recuerdos más felices. Por ello, volver ahora y ver la destrucción provocada por los terremotos de la pasada semana me dejó una profunda impresión.
Recuerdo los fines de semana cómo me emocionaba de niño cuando mi mamá me despertaba temprano para decirme que íbamos a pasar el día en La Guaira, a la casa de mi abuela.
Era, como para muchos venezolanos, sinónimo de playa, sol y diversión. Para mí, además, lo era de familia, e incluso del lugar donde pasábamos las Navidades.
Más tarde, en la adolescencia, mi relación con La Guaira cambió. Ya no iba solo con mi mamá, sino con amigos.
Buscábamos la manera de bajar desde el valle de Caracas hasta la playa: cualquier forma de hacer ese recorrido de 45 minutos cuando aún no podíamos conducir. Comprábamos lo necesario para pasar el día entero y volvíamos al caer la noche, intentando aprovechar cada minuto de sol.
Un par de veces me fui sin pedir permiso; al regresar, mi madre me miraba de reojo al verme bronceado. Me preguntaba dónde había estado, pero ya sabía la respuesta.
Incluso después de irme del país, La Guaira siguió presente. El aeropuerto de Maiquetía es la principal puerta de entrada y salida de Venezuela, así que lo primero que veo al volver al país es eso: el mar y la gran montaña que separa La Guaira de Caracas.
Por eso, estar hoy aquí es difícil de asimilar para mí y para cualquier venezolano.
La magnitud de la destrucción es impresionante. De La Guaira que conocí queda muy poco, apenas vestigios de una ciudad completamente transformada por dos terremotos que, en menos de un minuto, lo cambiaron todo.
Cientos de edificios colapsaron en la región. El gobierno habla de miles de víctimas y hay estimaciones de decenas de miles de desaparecidos. Pero la realidad es que la cifra sigue siendo incierta. Algunos hablan de más de 50.000 personas desaparecidas.
El coordinador residente de la ONU en Venezuela, Gianluca Rampolla del Tindaro, señaló este martes que, aunque todavía se están rescatando sobrevivientes de entre los escombros, ya se encuentran en proceso de adquirir 10.000 bolsas para cadáveres.
Fuente de la imagen, BBC Mundo
Otra Venezuela
Uno de mis recuerdos de infancia más recurrentes —y que todavía hoy me transmite tranquilidad— es el de los domingos en La Guaira. Después de pasar el día entero jugando con mis primos, regresábamos a Caracas ya muy de noche. Yo iba tan cansado que me quedaba dormido apenas me sentaba en el asiento del vehículo, y mi madre me despertaba al llegar a casa.
Aquella era otra Venezuela. Otra Guaira.
Ya no era la «Venezuela saudita» del boom petrolero de los 70 —cuando la moneda era tan fuerte que muchos viajaban a Miami a gastar sin medida—, pero el país todavía arrastraba algo de aquella prosperidad.
Había pasado el Viernes Negro y la crisis que le siguió, pero durante los 90 aún quedaban rastros de una vida más estable. De eso todavía tengo recuerdos.
Era un país con menos inseguridad, donde se podía viajar de noche sin miedo, algo que cambiaría drásticamente años después.
Y era una Guaira que aún no había sido golpeada por la tragedia de Vargas de 1999, cuando las lluvias torrenciales provocaron deslaves e inundaciones que dejaron miles de muertos. Hasta hoy, el número exacto de víctimas no se conoce y las estimaciones llegan hasta los 50.000.
Tampoco se sabe con precisión cuántas personas perdieron sus hogares, aunque se habla de decenas de miles. Mi abuela fue una de ellas.
Nunca volvimos a pasar Navidad en aquella casa con vista al mar Caribe, tan presente en mi infancia.
La Guaira de mis recuerdos tampoco había sido aún golpeada por la crisis económica, política y social que llegaría una década después y que hoy ha dejado profundas huellas en el país.
Cuando muchos venezolanos empezaban a recuperarse de ella, esta nueva tragedia amenaza con profundizarla.
Fuente de la imagen, BBC Mundo
Humor y solidaridad
Mientras reportaba sobre los terremotos, me ocurrió algo inesperado. Caminando por un campo de damnificados, reconocí un rostro. Era la hija de una vecina de mi abuela. Ahora tiene dos hijos.
Me dijo que me había visto minutos antes, pero que le había dado pena acercarse. Pena de que la viera allí. De que viera en lo que se había convertido su vida tras los terremotos y años de crisis.
Habló con una ligereza que sorprendería a muchos, pero no a un venezolano. Me he dado cuenta de que incluso ante tanta adversidad, muchos recurrimos al humor para hablar de lo más duro. Para no quebrarnos, para salir adelante.
Eso lo he confirmado durante mis visitas a La Guaira estos días. Varias de las personas que entrevisté —algunas con familiares aún bajo los escombros— no dudaron en reírse de su propio aspecto tras pasar días sin dormir.
Uno de los lugares que visité fue Playa Los Cocos, donde muchos caraqueños iban cada fin de semana. Recuerdo sus restaurantes, sus hoteles, las fiestas.
Hoy solo quedan escombros. Vigas expuestas. Concreto reducido a polvo. Y la emblemática playa está evidentemente desierta.
Fuente de la imagen, BBC Mundo
La tragedia no ha borrado el carácter de la gente. Más allá del dolor, la rabia y la pérdida, lo que más me ha marcado es cómo ha reforzado una característica que muchos asocian con los venezolanos: la abrumadora solidaridad.
He hablado con personas que han viajado desde otras regiones del país para remover escombros de edificios cuyos nombres ni siquiera conocen. No buscan a nadie en particular. Solo quieren ayudar.
Otros, que no pueden hacerlo físicamente, colaboran como pueden. Hay grupos que se levantan de madrugada en Caracas para cocinar cientos de arepas y repartirlas en La Guaira. Otros llevan café, agua, ropa.
El Domo José María Vargas, antes sede de eventos deportivos, se ha convertido en un gran centro de acopio. Allí, cientos de personas que lo perdieron todo duermen ahora en carpas o sobre colchones. Muchos repiten lo mismo: lo importante es que están vivos.
También ahí se ve otra forma de solidaridad: mujeres que intentan animar a los niños afectados, muchos de los cuales perdieron a sus padres. Con juegos y palabras tratan de sacarles una sonrisa. A veces lo logran.
«¿Por qué nos pasa esto si somos un pueblo bueno?»
Tenía nueve años cuando ocurrió la tragedia de Vargas en 1999 y la viví de cerca. Mi familia participó durante días en las labores de ayuda a los damnificados. Recuerdo a mi madre bajar cada día con el rostro tenso y agotado, llevando comida a muchos de los afectados, amigos y familiares. A esa edad, yo me quedaba en casa siguiendo los acontecimientos por televisión.
Pero esta vez hay algo distinto. Esta tragedia ocurre en un momento en el que Venezuela intentaba levantarse de una profunda crisis que ha obligado a millones a emigrar y ha deteriorado la vida de los que se quedaron. Y eso hace que el golpe se sienta aún más fuerte.
Llegué un día y medio después de los terremotos y rápidamente me mantuve sumamente ocupado, intentando sostenerme. Pero cada día pesa más.
La séptima mañana después del terremoto, escuché en la radio a una periodista de un medio local que rompió a llorar en vivo. «¿Por qué nos pasa esto si somos un pueblo bueno y trabajador?», preguntó mientras trataba, sin éxito, de contener las lágrimas. Decía que era una mujer joven que llevaba años luchando por salir adelante, pero que siente que es una tragedia tras otra.
Fuente de la imagen, BBC Mundo
El olor a muerte
Fui a Los Silos, una estructura icónica de 36 metros que domina el horizonte del centro histórico de La Guaira y que fue intervenida por el artista cinético Carlos Cruz-Diez. Ante el número de muertos, fue habilitada como una morgue improvisada.
Al entrar, el olor a muerte lo invade todo.
Cientos de personas llegan en busca de sus familiares. Los cuerpos yacen sobre la tierra, expuestos y cubiertos con bolsas de plástico, descomponiéndose rápidamente bajo el sol. Afuera, alguien susurró que aquello parecía una película de terror.
Los familiares intentaban identificar a las víctimas, pero muchas ya son irreconocibles.
No solo el olor. También los sonidos de La Guaira han cambiado.
Antes se escuchaban las olas del mar, a veces mezcladas con conversaciones y, en otros momentos, con salsa o reguetón que salía de los restaurantes y bares de la zona, o de los carros y autobuses que transportaban a vacacionistas y locales a lo largo de la costa.
Ahora domina el ruido de la maquinaria, los gritos de quienes buscan a sus familiares. Y, en muchos momentos, el silencio, que es una herramienta: los rescatistas se detienen para escuchar si hay señales de vida bajo los escombros.
Pero otras veces el silencio es puro shock.
He recorrido hospitales donde familias buscan desesperadamente a sus seres queridos.
También he hablado con sobrevivientes que pasaron horas atrapados y que ahora viven con miedo. Ha habido cientos de réplicas.
Yo mismo sentí una. La mañana del 29 de junio un temblor me despertó a las 7:00 de la mañana. Pasé horas en alerta, dudando incluso de mis propios sentidos y de si acababa de sentir otro.
Muchos amigos que vivieron el del 24 de junio aún sienten en la cama que el mundo se mueve.
Una mujer de 35 años me contó que salió corriendo con sus dos hijas cuando comenzó el temblor ese miércoles. Su edificio se fracturó, pero sigue en pie. Fue uno de los pocos de la zona de Caraballeda, en La Guaira, que no cedió.
Me dijo que intenta mantenerse fuerte por sus niñas, como lo hizo su madre por ella durante la tragedia de 1999, cuando ella tenía sólo 9 años.
La Guaira, que siempre fue un escape para los caraqueños, hoy es un lugar marcado por la angustia.
«Nos levantaremos, como lo hicimos después de la tragedia de Vargas», me dicen.
Yo tenía 9 años entonces.
Hoy, viendo el nivel de destrucción, me pregunto cuánto tiempo tomará esta vez levantarse. Y qué pasará con las miles de personas que ya no tienen hogar, en un país donde las crisis y las tragedias se suceden.
Nunca había visto a mi país sufrir así.
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